«Los padres no se van. Se quedan en la manera
en que sus hijos doblan el pan con las manos.»
I. El Origen
Tus manos no son manos: son herramienta.
Palma callosa donde el sol se anida.
Cada grieta, un año que no cediste,
cada surco, un nombre que no se olvida.
Madrugada de escarcha y puna fría,
ya estabas parado antes que el viento.
No pediste señal. No esperaste el día.
Fuiste el primero siempre. El primero.
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II. El Cuerpo
Tienes la espalda ancha como pared de piedra,
de esa piedra que aguanta sin quejarse.
Tienes los hombros hechos para el peso
que nadie más se ofreció a cargarse.
Yo te vi doblar la cintura una tarde.
No de derrota: de puro cansancio.
Y antes que cayera la noche encima,
ya estabas derecho. Igual que siempre.
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III. El Silencio
No eras de palabras. Lo sé, lo supe.
El cariño tuyo era otra lengua:
un plato lleno sin que yo pidiera,
un abrigo encima cuando yo dormía.
Cuántas veces callaste lo que ardía
para que yo no aprendiera el miedo.
Cuántas veces tragaste lo que dolía
para que el mundo mío fuera entero.
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IV. La Enseñanza
No me enseñaste con lección dictada.
Me enseñaste parándote delante.
Siendo el ejemplo que no se borraba,
siendo la llama que nunca retrocede.
Vi cómo tratabas a quien no podía.
Vi cómo dabas cuando no tenías.
Vi cómo honrabas la palabra dada
aunque el precio fuera tu propia vida.
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V. El Tiempo
Hay un momento en que el hijo te mira
y ya no ve al gigante de su infancia.
Ve al hombre. Al hombre que tuvo miedo.
Al hombre que también necesitaba.
Y ese instante es el más sagrado de todos.
Porque entiendes que amarte fue su hazaña.
Que cada día que volvió a la casa
fue un acto de valor. Callado. Enorme.
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VI. La Herencia
Padre: camino con tu paso dentro.
Cuando doblo en la esquina, tú doblaste.
Cuando alzo la voz, la tuya suena.
Cuando aguanto, es tu fuerza la que aguanta.
Soy hecho de tu mano y tu silencio,
de tu sueño en la noche más helada,
del maíz que sembraste en tierra seca
y que creció. Y que creció. Y que nada
lo detiene cuando el amor lo mueve.
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VII. El Día del Padre
Hoy el calendario dice tu nombre.
Como si necesitaras un día prestado.
Como si no fueras todos los días
la primera razón por la que me levanto.
No te traigo flores porque sí vives.
No te canto solo porque es domingo.
Te canto porque hay hijos que ya no pueden
y yo aún tengo voz y tú aún me escuchas.
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VIII. El Canto Final
Padre que eres montaña y eres río,
que eres la raíz que no se arranca,
que eres el primer maestro y el más fiel,
que eres el peso que me dio la espalda:
Esto no es un poema.
Es la voz que me faltó
cuando todavía estabas cansado
y yo aún no entendía.
Es lo que no te dije.
Y siempre fue tuyo.