Literatura Contemporánea Peruana  ·  Quipu Andino Prólogo
MAERSK SONY HP SAMSUNG EPSON POLICÍA SUNAT
Yura  ·  2005
Prólogo La Culebra
Una historia de ambición, traición y el precio de soñar demasiado alto
El peso exacto de la libertad

El sol de Yura cae vertical sobre el asfalto y Artemio Puma entiende, con una claridad que jamás tuvo en treinta y dos viajes anteriores, que la libertad pesa exactamente lo que pesan unas esposas de acero inoxidable fabricadas en Taiwán y compradas por el Estado peruano a sobreprecio en una licitación del año noventa y seis.

Esposas que cortan la muñeca izquierda no dramáticamente. Solo lo suficiente para recordarle que el cuerpo tiene límites que la ambición ignoró durante seis años.

El calor es seco, brutal. Las manos esposadas tiemblan.

Los tres patrulleros están estacionados en formación de emboscada. Dos patrulleros PNP. Uno de SUNAT. Detrás de ellos, el contenedor MAERSK. Azul oxidado. Veinte pies. Candado violado. Puertas abiertas de par en par como boca de ballena muerta.

"La libertad pesa exactamente lo que pesan unas esposas de acero inoxidable fabricadas en Taiwán y compradas por el Estado peruano a sobreprecio."

Artemio Puma  ·  Yura, 2005
Escenario
Yura, Arequipa. Retén de control aduanero. 3 de la tarde. Sol vertical de desierto. El volcán Misti testigo inmutable al fondo.
La vestimenta del engaño

Artemio está de pie junto al patrullero, esposado, vistiendo su mejor mentira: camisa blanca Hugo Boss —falsa, treinta soles— pegada a la espalda con dos lunas de sudor. Pantalón gris Zara, también falso, cuarenta soles. Solo los zapatos Guante son originales: trescientos ochenta soles, genuinos, comprados con dinero de culebra del mes pasado.

Cuando todavía creía que lo falso podía sostener lo real si se vestía suficientemente bien.

Las esposas le cortan más fuerte. El metal encuentra cada vez el mismo surco en la piel, cavando su propia memoria en la carne. Como si el cuerpo aprendiera, repetición tras repetición, que algunos errores no se olvidan: se graban.

Cinco agentes descargan el contenedor. El sonido es rítmico, mecánico, implacable: caja golpea asfalto —pausa dos segundos— siguiente caja —pausa—. Como funeral. Como campana doblando por muerto que todavía respira.

Artemio cuenta sin querer. Uno. Cinco. Doce. Treinta y siete. Como se cuentan muertos en accidente que no termina.

SONY SAMSUNG HP EPSON

Cada logotipo es mentira fabricada en Shenzhen por dólar la hora. Pero la mentira construyó su casa de tres pisos.

—¿Cuánto declaraste en el DUA?

La boca de Artemio sabe a cobre.

—Ocho mil dólares.

El agente sonríe sin humor.

—Hay doscientos treinta mil dólares ahí dentro. Mínimo.

Agente de SUNAT  ·  Retén de Yura
Declarado en DUA USD 8,000
Valor real del contenedor USD 230,000+
Impuestos evadidos (~30%) S/ 69,000
Multa del Estado S/ 50,000
Total perdido por ahorrar S/69K TODO

Que mezcló treinta por ciento de mercadería declarada con setenta por ciento sin declarar porque creyó que podía tener lo mejor de ambos mundos: la ganancia del contrabando y la tranquilidad de la legalidad. Pero los mundos no se mezclan. Eso lo está aprendiendo ahora.

Edgar Vilca  ·  El hombre que lo entregó

Un cóndor sobrevuela el retén. Alas enormes, negras, inmóviles contra el cielo vacío. Artemio lo mira y la voz de su madre regresa desde un hospital de Omate: "Los cóndores llevan las almas al otro lado. No al cielo. Al otro lado de uno mismo. Donde ya no puedes mentirte."

Una camioneta Toyota gris levanta polvo en la distancia —polvo rojo que brilla como sangre seca bajo sol vertical de mediodía—. Motor diésel que tose acercándose. Artemio conoce ese motor. Lo escuchó cien veces entrando a almacenes clandestinos en madrugadas de culebra.

La camioneta se detiene a veinte metros exactos. Ni lejos ni cerca. Distancia calculada con precisión de cirujano: distancia de exhermano que viene a confirmar que el bisturí entró limpio.

Baja un hombre con saco sport beige, corbata aflojada. Edgar Vilca. Treinta y ocho años que parecen treinta hasta que miras los ojos: ahí viven los cincuenta que le costó sobrevivir veinte años en esto.

Camina con las manos en los bolsillos. Paso lento. Ni apurado ni reacio. Paso de hombre que hace trabajo necesario que odia pero que no puede delegar.

Artemio reconoce el caminar —lo vio mil veces en cruces nocturnos—, reconoce la postura de hombros levemente caídos bajo peso invisible, reconoce al hombre que lo crio en este negocio y que ahora viene a verlo morir en él. El estómago se le aprieta como puño.

—Artemio.

Una palabra. Solo su nombre. Pero en el tono hay algo que Artemio reconoce: no es sorpresa de encontrarlo esposado. Es confirmación de que el plan funcionó.

—¿Fuiste tú?

Edgar no voltea. Solo mira al horizonte donde el Misti se recorta blanco contra azul. Volcán que ha visto esta escena mil veces desde que los españoles trajeron la traición como tecnología importada. Silencio. Cinco segundos que se estiran como años. Viento levanta polvo entre ellos.

—Artemio... Tú querías ser diferente.

—¿Qué tiene que ver Juliaca con esto?

—Todo. Tiene que ver con todo.

Edgar Vilca  ·  Retén de Yura
"Si todos empiezan a importar legal, el sistema se cae.
Las culebras se mueren. Los hermanos se mueren.
Yo me muero."
Edgar Vilca  ·  Hamilton sin encender

Saca un cigarrillo del bolsillo. Hamilton. No lo enciende. Solo lo sostiene entre los dedos índice y medio como rosario.

—¿Cuánto te pagaron?
Edgar niega con la cabeza.
—Nada. Solo llamé al contacto indicado. El resto se hizo solo.

Silencio. El viento arrastra polvo fino que se pega en los labios.

"Yo te aprecio, hermano. De verdad. Pero Juliaca es más grande que tú y que yo. Juliaca permanece. Y nosotros tenemos que asegurarnos de que siga siendo lo que es."

— Edgar Vilca

—¿Y qué es?

Edgar lo mira largo rato.

—Un lugar donde las reglas oficiales no funcionan. Donde sobrevivimos porque el Estado nos abandonó hace décadas. Tú querías volver al Estado. Querías pagar impuestos.

Hace una pausa.

—Y eso, hermano, es traición.

Edgar Vilca  ·  La lógica de Juliaca
Diez gramos que pesan toneladas
SUNAT ARTEMIO PUMA SUPERINTENDENCIA NACIONAL DE ADUANAS Y ADMINISTRACIÓN TRIBUTARIA Acta de Incautación y Decomiso Samuel S/ S/ 450.00

Objeto minúsculo. Plástico negro. Diez gramos según especificación técnica que nadie lee. Pero en mano de Artemio —mano de hombre que nació en Puquina donde la tecnología más avanzada era radio a pilas— pesa toneladas.

Pesa la casa de tres pisos en Jr. San Martín que Roxana limpia cada mañana como si limpiar pudiera borrar el origen del dinero que la compró. Pesa la camioneta Hilux roja con aire acondicionado que Samuel ama. Pesa el futuro que prometió.

La pantalla brilla bajo sol de mediodía con brillo que lastima retinas. Brillo de ciudad. Brillo que no existe en Puquina donde nació hace treinta y dos años.

En algún lugar de su memoria, Samuel está desayunando. Ahora mismo. En este segundo exacto mientras Artemio sostiene el stylus. Pan con mantequilla. Uniforme de colegio privado San Francisco de Asís —trescientos cincuenta soles mensuales que ya no podrá pagar—. Preguntando a Roxana: "¿A qué hora llega papá?" Y Roxana mintiendo: "Pronto, hijo."

La matemática del arrepentimiento
Entiende ahora —tarde, demasiado tarde, con claridad que llega cuando ya no sirve— que codicia no es querer más. Codicia es creer que puedes tener todo sin pagar precio. Que mundos se mezclan. Que legal e ilegal pueden convivir como aceite y agua en botella agitada, suspendidos brevemente en emulsión imposible antes de separarse.

El stylus tiembla. Traza la A. Temblorosa como pulso de moribundo. Línea que debería ser vertical pero sale inclinada cinco grados a la derecha. Inclinación de hombre que nació escribiendo en cuadernos baratos sobre rodilla, no en pantallas táctiles sobre escritorios.

Continúa: r-t-e-m-i-o. Cada letra es año perdido. Cada trazo es decisión que no puede deshacer. La "r" se arrastra como herida abierta. La "t" se para vertical pero vacilante. La "e" es círculo imperfecto. La "m" tiene dos picos desiguales. La "i" con punto que parece lágrima. La "o" que no cierra completo.

Espacio. Pausa donde todavía podría —técnicamente, legalmente— negarse a firmar.

Pero no puede.

Traza: P-u-m-a. Apellido que su madre le dio con orgullo en Puquina cuando creía que los hijos podían ser diferentes a los padres. Apellido quechua en documento español firmado con tecnología china para admitir delito peruano. Círculo completo de colonización que nunca terminó, solo cambió de forma.

"Firma completa: Artemio Puma.
Casi ilegible. Parece firma de otra persona.
De hombre que ya no existe."

—¿Algo que declarar?

Artemio mira el Misti a lo lejos. El volcán blanco, inmutable, testigo de todo y nada.

—Sí. Que mi hijo no haga lo que yo hice.

El suboficial no responde. Ha escuchado esa frase cien veces.

Artemio Puma  ·  Última declaración
PNP-4821
Yura queda atrás

Lo conducen a la parte trasera de la camioneta. Interior de metal, olor a orines viejos, ventanas con rejas. Se sienta. Las esposas le cortan más fuerte.

Antes de que cierren la puerta, mira una última vez el desierto de Yura:

Último cuadro
Desierto blanco como sal. Cielo azul sin nubes. Cóndor girando en círculos pacientes. Volcán Misti testigo inmutable. Contenedor azul con boca abierta.

La puerta se cierra. Metal contra metal. Click de cerradura. El patrullero arranca. Yura empieza a alejarse por ventana con reja.

Yura queda atrás. Y con Yura queda atrás el hombre que Artemio Puma fue durante seis años: el hombre que creyó que podía burlar al Estado con mordidas pequeñas, a los hermanos con ambición controlada, a la gravedad de sus propias decisiones con matemática optimista que nunca cerró, nunca cierra, nunca cerrará.

Adelante está comisaría de Puno. Sala de manifestaciones con grabadora vieja. Fiscal con preguntas que ya sabe respuestas. Proceso que durará seis meses si hay suerte. Prisión efectiva de cinco a ocho años si no paga.

Y después, si queda algo, si logra pagar, si sale antes de que Samuel lo olvide completo, la posibilidad de explicarle a un hijo que ya no es niño sino adolescente por qué vale más pagar impuestos, aunque duela, que perderlo todo intentando no pagarlos.

Febrero, 2000  ·  Donde todo comenzó
JULIACA FRONTERA INVISIBLE S/ S/ 450.00 · 127 USD

Pero esa historia empieza mucho antes. Empieza una madrugada de febrero del año dos mil, cuando un joven de veinticuatro años despertó con la madrugada de Juliaca dentro de los huesos y cuatrocientos cincuenta soles en el bolsillo que al tipo de cambio del día —tres punto cincuenta y dos por dólar— eran exactamente ciento veintisiete dólares con ochenta y cuatro centavos.

Insuficientes para todo. Suficientes para empezar.

Empieza cuando Artemio Puma cruzó la frontera. No la frontera oficial de Desaguadero con guardias y banderas y sellos. La otra. La invisible. La que separa quien eras de quien serás.

La que cruzas en bote de metal oxidado sobre agua turbia del Titicaca donde la sirena en el fondo sonríe con diente faltante idéntico al tuyo, como espejo, como presagio, como promesa de que hombre y lago ya están unidos por algo más viejo que ley: por hambre que no perdona, por ambición que no calcula consecuencias.

Empieza cuando el crudo clima de Juliaca entró por primera vez en los huesos de Artemio Puma.

Y nunca, nunca, nunca se fue. Ni cuando tuvo casa de tres pisos con calefacción eléctrica. Ni cuando tuvo Hilux roja con calefacción que funcionaba. Ni cuando tuvo suficiente dinero para no tener frío literal.

"Los atajos siempre terminan en precipicio, hijo."

Madre de Artemio Puma  ·  Hospital de Omate  ·  Olor a eucalipto y sábanas grises
¿El clima se quita con plata?
Artemio lo sabrá en seis años.
Febrero, 2000  ·  Madrugada de Juliaca
Fin del Prólogo
Continúa  ·  Capítulo I  ·  La Culebra
Quipu Andino