Fujimori niega acusaciones sobre... TOPITOP GLORIA S/ 100 JULIACA  ·  CINCO DE LA MAÑANA  ·  AÑO 2000
Parte I  ·  Hambre
Capítulo uno

Cuatrocientos
Dólares

Juliaca, febrero del año 2000
Cinco de la mañana y Juliaca arde bajo un aire gélido, esa inclemencia de altiplano que calcina la piel expuesta, pero deja la médula congelada. Artemio Puma no duerme, solo cuenta, obsesión heredada de su madre que contaba granos de arroz para racionar la semana.

Cuatrocientos cincuenta soles en el bolsillo del pantalón Topitop que cuelga de un clavo oxidado —clavo que entró torcido en el ladrillo sin tarrajear hace tres años cuando Roxana preguntó y Artemio respondió martillando mal porque martillar bien requiere tiempo que un hombre que carga sacos doce horas diarias no tiene.

Soles en el bolsillo S/ 450.00
Tipo de cambio de ayer (certeza, no apuesta) S/ 3.52 por dólar
Equivalente en dólares USD 127.84
Lo que Justino Apaza exige para empezar en serio USD 150.00
Diferencia entre quedarse y partir USD −22.16

Ciento veintisiete dólares significan veintitrés dólares menos que los ciento cincuenta que Justino Apaza dijo ayer que necesita para empezar en serio, hermano, con esto no vas a ningún lado. Veintitrés dólares de diferencia entre un cargador que morirá siendo cargador y un hombre que quizás —solo quizás— no muera con la espalda rota a los cincuenta años.

Roxana duerme a su lado. Su vientre con el bebé sube y baja con la respiración pesada de una mujer que carga un peso invisible pero más real que los sacos que Artemio carga en el mercado. Samuel todavía no nace, pero Artemio ya cuenta por él, ya calcula cuánto costará el parto en el hospital, ya proyecta cuántos pañales necesitará por mes, ya traduce amor futuro a suma presente porque en Juliaca el amor se mide en soles que no tienes y en dólares que necesitas conseguir de alguna manera.

Las paredes de ladrillo sin tarrajear muestran manchas de humedad que dibujan mapas de países que no existen, países donde quizás la pobreza tenga otra forma, otra textura, otro olor que no sea este olor a kerosén barato y a orín filtrado desde el baño compartido del pasillo.

La ventana rajada está cubierta con periódico donde el titular dice: Fujimori niega acusaciones sobre... El resto del titular se perdió hace meses, arrancado por el viento que se cuela por la rajadura. Pero el resto no importa porque Fujimori también negó y Fujimori también cayó. Y eso es lo único que Artemio entiende de política peruana: que todos niegan hasta que no pueden negar más, y entonces caen, y los que caen son reemplazados por otros que también negarán y también caerán, en ciclo perpetuo que nunca toca a Juliaca porque Juliaca ya está tan abajo que caer más es imposible.

Sobre el colchón en el piso hay cuatro frazadas apiladas, frazadas de lana sintética compradas en el mercado a quince soles cada una hace dos años, cuando todavía tenían ilusión de que cuatro frazadas serían suficientes para la helada de Juliaca. Nunca son suficientes. La rigidez que Artemio siente no se quita con lana, no se quita con frazadas, no se quita cerrando ventanas que de todas formas están rajadas y cubiertas con periódico. El entumecimiento que Artemio siente se quita con plata, con dinero suficiente para pagar habitación en edificio con ventanas que cierran bien, con calefacción eléctrica que funcione, con frazadas de lana de alpaca auténtica que cuestan doscientos soles cada una y que Artemio vio una vez en tienda del centro donde entró por error creyendo que era tienda normal y salió avergonzado cuando la vendedora lo miró de arriba abajo evaluando su ropa barata y decidió que no valía la pena atenderlo.

Artemio cierra los ojos no para dormir —el sueño se fue hace tres horas cuando despertó con la certeza de que hoy es el día, de que ya no puede postergar más— sino para calcular mejor, para repasar los números una vez más, para asegurarse de que la ecuación cierra aunque sabe que la ecuación nunca cierra completamente, que siempre hay variables que no controló, riesgos que no calculó, posibilidades de fracaso que prefiere no imaginar.

Pero en la oscuridad detrás de sus párpados aparece Puquina, aparece como aparece siempre que Artemio intenta no pensar en Puquina, como aparece en pesadillas recurrentes donde el río seco se vuelve más seco y su madre lava ropa en un charco cada vez más pequeño hasta que el charco desaparece completamente y su madre sigue fregando de todas formas, fregando aire, fregando tierra seca, fregando la ilusión de que lavar ropa ajena eventualmente pagará lo suficiente para dejar de lavar ropa ajena.

Memoria  ·  Puquina  ·  Artemio tenía diez años

El río Tambo llevaba tres años seco. Tres años desde que la sequía empezó y nunca terminó, tres años desde que los campesinos de las partes altas desviaron el agua para sus cultivos y los de las partes bajas se quedaron con lecho rocoso y promesas gubernamentales que nunca se cumplieron.

Su madre lavaba ropa en un charco color sangre seca del tamaño de una palangana Honda —palangana que compró con la plata ganada lavando ropa ajena—. Círculo perfecto que Artemio niño no entendía todavía: lavas ropa para comprar palangana para lavar más ropa para eventualmente comprar otra palangana cuando la primera se rompa.

Su madre hablaba sin levantar la vista del polo de su padre, polo que su padre no usaba porque su padre estaba en Moquegua con Susana Flores, mujer veinte años menor que él y con cero hijos que mantener, con cero esposa que abandonar porque técnicamente nunca se casó con la madre de Artemio, solo convivieron catorce años. Los otros dos hijos murieron de neumonía en inviernos donde no hubo dinero para médico ni para medicina ni para nada excepto para entierro barato en cementerio municipal donde las tumbas se alquilan por cinco años y después los huesos se tiran a fosa común si la familia no paga renovación.

Pausa. Fregaba más fuerte, como si la intensidad del fregado pudiera cambiar una realidad que ya estaba escrita en la economía de Puquina.

Artemio niño no respondía. Solo sostenía ropa mojada que pesaba más que él, brazos temblando, pero sin soltar porque soltar sería admitir debilidad y debilidad es lujo que los pobres no tienen. Su padre dormía bajo un algarrobo sin hojas —sombra que no da sombra—, botella vacía Cristal rodando en tierra con sonido de vidrio contra piedra: sonido que Artemio escuchará en pesadillas veinte años después sin recordar por qué le aterra.

El agua del charco huele a tierra que se rinde. La promesa de su madre huele igual.

Artemio abre los ojos. Cuatro y media de la madrugada en Juliaca, cuarto de tres por cuatro, Roxana durmiendo, Samuel sin nacer. Y Artemio ya es cargador como su padre, solo que ahora va a cargar otra cosa. Se levanta sin hacer ruido, piso de cemento helado contra pies descalzos.

Se mira en el espejo rajado que cuelga de un clavo, espejo que refleja rostro fragmentado: delgado, pómulos marcados, ese hueco en la sonrisa donde debería estar el incisivo que dejó en cancha de Puquina a los dieciséis cuando Toño Mamani lo codeó por un balón que no valía nada pero que en ese momento valía todo porque el fútbol era la única manera de escapar —aunque fuera dos horas— de Puquina, que te recuerda cada día que naciste pobre y morirás pobre. Toca el hueco con la lengua. Hábito de diez años. Medir la ausencia.

Se viste con jean Topitop —cierre se traba, lo fuerza, cierre cede— y polo Nike falso con mancha de grasa en el hombro que no sale aunque Roxana frote con detergente Bolívar tres veces, porque detergente bueno cuesta ocho soles y detergente Bolívar cuesta dos con cincuenta, y la diferencia son cinco soles con cincuenta que pueden ser tres días de pan. Las zapatillas Converse tienen la suela despegándose en el talón izquierdo. Camina raro cuando llueve para que no entre agua. Todos en Juliaca caminan raro por alguna razón: suela rota, rodilla mala, tobillo torcido en calle sin asfaltar, espalda quebrada de cargar sacos desde los catorce.

Cuenta el dinero otra vez. Tres billetes de cien, dos de cincuenta, cinco de diez: cuatrocientos cincuenta soles. Separa cien para dejar a Roxana y los pone debajo de la imagen del Señor de Huanca en la repisa improvisada —tabla sobre ladrillos— donde también hay foto de boda con trajes prestados y sonrisas que todavía creían que las cosas mejoran. Trescientos cincuenta soles para llevar. Insuficientes para todo. Suficientes para empezar.

Sale al pasillo. Oye toses, ronquidos, llanto de bebé de la familia del tercer cuarto. Nueve familias en casa compartida, nueve versiones del mismo fracaso sostenido como edificio a punto de caer pero que nunca cae porque caer sería liberación y liberación es lujo que los pobres no tienen.

✦ ✦ ✦

Mercado Internacional, seis y cuarto de la mañana. Artemio llega caminando —veinte minutos a pie para ahorrar un sol de mototaxi, un sol que antes no importaba pero que ahora es la diferencia entre comer dos veces o una vez. Y Roxana comiendo una vez significa Samuel naciendo con bajo peso, y bajo peso significa hospital público Materno Infantil donde las enfermeras gritan y los médicos no llegan y las mujeres paren en pasillos porque las salas están llenas, y el horror se normaliza porque normalizar es la única manera de sobrevivir el horror.

El mercado no lo recibe, lo golpea. Olor primero: orines fermentados en la esquina donde Máximo Chura meó anoche. Plástico nuevo chino oliendo a fábrica de Shenzhen, a petróleo procesado por niños de doce años que ganan un dólar por día fabricando mochilas piratas mientras Artemio pretende que comprar su producción a tres dólares y venderla a doce es negocio justo y no explotación transferida tres niveles hacia arriba hasta que la culpa se diluye en cadena tan larga que nadie es responsable. Salchipapas rancias en aceite recalentado veinte veces —doña Gregoria cambia el aceite cada lunes, hoy es jueves, el aceite tiene cuatro días de absorber carne procesada de cerdo que murió en matadero clandestino sin inspección. Y debajo de todo —debajo de orine y plástico y aceite— olor metálico de billetes contados mil veces, billetes sucios que pasaron por mil manos sudadas y que llevan en la tinta olor de toda la desesperación de Juliaca concentrada en rectángulo de papel.

Artemio respira profundo. Error. El olor entra, se queda, no sale, aunque exhales. Como decisión que no se deshace aunque te arrepientas.

Luego el sonido: huaynos en parlantes rivales —Savia Andina desde el puesto de ropa de doña Estela, Los Kjarkas desde el puesto de zapatos de Julián Apaza, Pasión Andina desde electrodomésticos de Chen Wei, chino de segunda generación que habla quechua mejor que español y que lleva treinta años vendiendo licuadoras Oster falsas con garantía de tres meses—. Pregones en quechua, aimara, español mezclado: ¡Llusk'a, llusk'a! ¡Barato, barato! ¡Pasa, mamita, tres por diez soles! ¡Celulares Samsung, llévelo ahora, garantía un mes! Bocinas de camiones Toyota Dyna descargando mercadería, cortinas metálicas enrollándose con estruendo de hierro contra hierro.

Artemio camina entre pasillos estrechos. Cables eléctricos cuelgan como telarañas —instalaciones ilegales hechas por Edwin Mamani que cobra cincuenta soles por conexión clandestina y que lleva quince años sin que nadie lo denuncie porque todos usan su servicio, y denunciar a Edwin es denunciarse a todos. Toldos remendados llevan logos falsos: SONY, SAMSUNG, HP. Cajas apiladas hasta tres metros en equilibrios que desafían la física pero no la codicia. Charcos iridiscentes: aceite, agua, detergente mezclados, creando arcoíris tóxico que los niños saltan jugando sin saber que están saltando veneno.

Un niño de ocho años carga una caja más grande que él. Artemio lo conoce: es hijo de Rubén Ccahuana. Rubén murió hace tres meses —infarto a los cuarenta y dos cargando sacos en camión— y ahora el hijo carga porque la viuda no puede, y porque cargar es la única herencia que los pobres dejan: capacidad de soportar peso que te mata despacio.

Artemio llega al puesto de Justino Apaza. Puesto esquinero de tres metros por dos, impresoras Epson apiladas, cartuchos HP en cajas de cartón, cables USB enredados como serpientes. Todo funciona, nada es original. Justino Apaza fuma Hamilton sin encenderlo, tic de quince años desde que el médico en hospital de EsSalud le dijo: una semana más fumando y el pulmón colapsa, señor Apaza, tiene que elegir entre cigarrillo y vida. Y Justino eligió la vida. Pero las manos no saben qué hacer sin cigarro. Entonces sostiene cigarro apagado como rosario roto que todavía reza, aunque Dios dejó de contestar.

Ve a Artemio. No dice hola, no pregunta cómo estás, no hace teatro. Solo:

Artemio saca el fajo. Cuatrocientos cincuenta soles, billetes arrugados que huelen a sudor de espalda, guardados anoche debajo de la camisa temiendo que Roxana despertara y preguntara. Justino no los cuenta. Los mira. Cálculo mental instantáneo de hombre que lleva veinte años convirtiendo soles a dólares a gramos a riesgo a ganancia a sobrevivencia.

No es pregunta. Es sentencia.

Justino sigue fumando cigarro apagado, mira a Artemio largo rato evaluando. No dinero: hombre. Si este hombre va a correr cuando vea pastor alemán olfateando, si este hombre va a llorar cuando el policía extienda la palma, si este hombre va a regresar del primer cruce o si va a quedarse en Desaguadero vendiendo la mercadería al boliviano que ofrezca más y mandando a Justino a la mierda con sus veintitrés dólares prestados que nunca verá de vuelta.

Pausa.

Ganancia proyectada primer viaje (bruta) USD 420
50 % para Artemio por viaje USD 210
Cuatro viajes en total USD 840
Equivalente en soles (al cambio actual) S/ 2,954
Lo mismo que gana cargando en seis meses S/ 2,954
Seis meses de trabajo en cuatro viajes de dieciséis horas

Justino sonríe sin humor, sonrisa de hombre que vio gente perder mercadería y que sabe que perderla es eufemismo para perderlo todo: dinero, reputación, posibilidad de cruzar de nuevo, posibilidad de salir del hoyo.

No termina la frase. No necesita. Silencio cargado de historias que ambos conocen: tipos que no entregaron mercadería y que aparecieron una semana después en comisaría acusados de robo con pruebas sembradas, tipos que desaparecieron y que nadie preguntó por ellos porque preguntar es meterse en asuntos que no conviene, tipos que pagaron la deuda con un interés que creció como tumor hasta que vendieron casa y aun así no alcanzó.

Valicha sonando en parlante rajado de fondo. Artemio conoce la letra: Valicha, flor de retama, vas dejando tu fragancia al pasar. Canción de amor, canción de pérdida, canción que no tiene nada que ver con el momento presente pero que el cerebro registra de todas formas como banda sonora de una decisión que no tiene reversa porque las decisiones importantes nunca tienen reversa, aunque finjan que sí.

—Socios —dice Artemio.

Tres segundos. Presión firme. Manos frías de Juliaca que nunca se va.
En ese apretón, Artemio cruza la frontera que no está en ningún mapa.

Justino extiende la mano —mano con callos en las palmas en las mismas posiciones que la mano de Artemio, callos de cordel, callos de sacos, callos de cargar lo que sea necesario para no morir aunque cargar te mate despacio—. Artemio la estrecha. Y en ese apretón de tres segundos, presión firme, temperatura de manos frías de Juliaca que nunca se va, Artemio cruza la frontera que no está en el mapa: la frontera entre hombre honesto que muere pobre y hombre deshonesto que quizás —solo quizás— no muera pobre, aunque muera de otras formas.

Pausa. Guarda el cigarro apagado en el bolsillo de la camisa.

Justino se va caminando entre los puestos sin voltear, espalda encorvada de hombre que cargó demasiado tiempo y que ahora camina como si todavía cargara, aunque vaya con las manos vacías. Y Artemio se queda ahí con la mano todavía caliente del apretón, con el fajo todavía en el bolsillo sumado a veintitrés dólares prestados que convirtieron ciento veintisiete en ciento cincuenta, con la palabra todavía resonando en los oídos: socios. Palabra que suena a oportunidad pero que huele a trampa.

Artemio camina por el mercado sin rumbo fijo. Necesita procesar, necesita que las manos dejen de temblar, necesita convencerse de que la decisión que acaba de tomar es correcta, aunque sepa que correcta e incorrecta dejaron de significar algo hace rato. Pasa frente al puesto de doña Estela —sesenta años vendiendo ropa, polleras de bayeta, chullos de alpaca, chompas tejidas a mano. Doña Estela lo mira, lo conoce desde que Artemio tenía doce años y venía al mercado con su madre a vender quesos de Puquina que nunca se vendían porque los quesos de Juliaca eran más baratos y la calidad no importa cuando la billetera está vacía.

Artemio duda. Mentir o decir la verdad. En Juliaca todos saben todo eventualmente: mentir solo retrasa lo inevitable.

Doña Estela asiente sin sorpresa, sin juicio. Solo aceptación de que esto es lo que hacen cuando no hay más opciones.

Doña Estela sonríe. Sonrisa triste de mujer que vio generaciones enteras cruzar y no regresar, o regresar cambiadas.

Doña Estela vuelve a su tejido. Agujas de metal haciendo clic-clic-clic. Sonido hipnótico, sonido que dice: la vida continúa, cruces o no, tengas miedo o no, sobrevivas o no.

✦ ✦ ✦

Siete de la noche. Habitación. Vela derritiéndose —última del paquete de seis que compraron hace dos semanas en la bodega de don Teodoro y que Roxana administra como si fueran dólares: una vela igual a dos noches, apagar a las nueve en punto, no desperdiciar porque desperdiciar vela es desperdiciar plata, es desperdiciar comida, es desperdiciar futuro.

Roxana sirve sopa, caldo de hueso de res con papa amarilla y un pedazo de pollo que compró esta tarde en la sección de carnes del mercado con los cincuenta soles que Artemio le dejó esta mañana diciendo para la casa sin especificar de dónde salieron esos cincuenta, aunque ambos saben que salieron del fajo de cuatrocientos cincuenta que ayer no existía y que mañana va a desaparecer convertido en mercadería que cruzará la frontera en el bolso verde que todavía está vacío pero que ya pesa.

Artemio come despacio. La sopa quema la lengua. Buena señal: significa que hay kerosén suficiente para calentar bien. La semana pasada comieron sopa tibia porque el kerosén se acabó y el kerosén nuevo costaba ocho soles, y ocho soles eran la diferencia entre comer tres días más o dos, y Roxana eligió tres días con sopa tibia sobre dos días con sopa caliente porque la matemática de la pobreza no permite lujos térmicos.

Roxana no come. Mira el plato. Cuchara en la mano derecha sin moverse.

Artemio mastica la papa.

Roxana levanta la vista. Ojos secos, sin lágrimas todavía. Peor que las lágrimas porque las lágrimas eventualmente se secan, pero los ojos secos pueden permanecer secos para siempre.

Silencio. La vela chisporrotea, cera cayendo en el plato de lata que sirve de candelero improvisado.

Artemio no responde. Responder sería confirmar, no responder es confirmar también. Pero no responder deja espacio para que Roxana finja que no sabe, aunque sabe; para que Artemio finja que no dijo, aunque dijo; para que ambos finjan que esta conversación nunca pasó, aunque pasará mil veces más en los próximos años hasta que fingir se vuelva más real que la realidad.

100 cartuchos × USD 3 (costo en Bolivia) USD 300 inversión
100 cartuchos × USD 12 (precio en Juliaca) USD 1,200 venta
Ganancia bruta USD 900
50 % con Justino (cuatro viajes) USD 450 × 4 = USD 1,800
Samuel nace en: dos meses y medio Parto: S/ 800 mínimo

Roxana se levanta, va a la cortina que cubre la ventana, mira la calle Jr. Manco Cápac oscura: farolas fundidas, perros buscando basura, borracho cantando huayno desafinado. Se voltea.

Pausa. Se toca el vientre. Samuel patea: siempre patea cuando Roxana habla fuerte, como si sintiera la tensión a través de la pared de piel y músculo y líquido amniótico.

Lágrimas finalmente, sin sonido, solo agua bajando por las mejillas.

Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

"No querer saber es manera de ser cómplice sin mancharse las manos. Es manera de comer carne con padre ladrón mientras le dices a tu mamá que comes frijoles con padre honesto."

Se voltea hacia la ventana. La voz continúa, más baja, más firme:

Se voltea.

Artemio siente el pecho rompiéndose. No dramático, no como en las películas. Solo una pequeña fractura interna que duele más que la fractura grande porque la fractura grande te obliga a gritar, pero la pequeña solo te obliga a callar y tragar el dolor.

Pausa.

Artemio no puede prometer eso honestamente. Porque prometer que va a mentirle bien a Samuel por doce años es prometer que va a seguir cruzando por doce años, y seguir cruzando por doce años es prometer que no va a caer, y no caer por doce años es estadísticamente imposible según todo lo que Artemio sabe sobre la culebra. Pero promete. Porque prometer una mentira es la última forma de amor que le queda.

—Te lo prometo.

Roxana se acuesta de lado, espalda hacia Artemio. Respiración que se estabiliza demasiado rápido para ser sueño real, pero suficientemente convincente para que Artemio finja que lo cree.
La vela se apaga. Oscuridad total.
Solo quedan sonidos: la respiración de Roxana, perros ladrando afuera, un motor diésel en la distancia.

✦ ✦ ✦

Nueve de la noche. Artemio prepara el bolso verde Adidas —falso, quince soles, comprado hace tres años en el mismo mercado donde mañana venderá la mercadería que hoy ni siquiera tiene, donde pasado mañana contará la ganancia que convirtió la frontera en línea borrosa, donde dentro de seis años firmará el acta que convirtió la línea borrosa en condena de dieciocho meses. Pero eso todavía no lo sabe. Todavía cree que puede cruzar una vez y ya. Todos creen eso al principio.

Mete en el bolso: foto de boda con traje prestado del cuñado de Roxana —Pedro Ccahuana, que se lo prestó diciendo devuélvelo limpio, hermano, y que murió dos años después en accidente de combi sin que Artemio pudiera devolvérselo porque Pedro ya no necesitaba trajes—, y vestido prestado de prima de Artemio —Lucía Puma, que migró a Lima y que ahora vende cosméticos Única puerta a puerta y que envía cien soles cada tres meses con nota que dice para el bebé aunque el bebé ahora tiene cuatro años y cien soles cada tres meses no alcanzan ni para pañales—. Cepillo de dientes Colgate con cerdas dobladas hacia afuera de tanto uso porque el cepillo nuevo cuesta seis soles y seis soles son dos kilos de arroz. Muda de ropa interior, calzones Fruit of the Loom que sí son originales —única prenda original que Artemio posee, porque la ropa interior no se falsifica, demasiado barata para que valga la pena el esfuerzo de copiar. Pan para el camino, tres panes chuta de la panadería de doña Mercedes en el Jr. Núñez a cincuenta centavos cada uno.

Y del cajón de la repisa —tabla de madera sobre dos ladrillos King Kong que Artemio armó hace dos años con madera robada de construcción abandonada en el Jr. Lambayeque, construcción que paró cuando el constructor se quedó sin plata y que lleva dos años pudriéndose como monumento a la ambición que excedió el presupuesto— saca la piedrecita gris, piedra de río seco de Puquina que su madre le dio cuando tenía ocho años, un día antes de que el padre se fuera definitivamente, diciendo: llévala siempre, hijo, para que recuerdes de dónde vienes y no te pierdas en dónde vas.

La piedra de Puquina
Piedra lisa, gris, del tamaño de uña de pulgar. Más liviana que moneda de un sol. Más pesada que todas las promesas que ha hecho y roto. La guarda en el bolsillo delantero del bolso verde no como talismán, no como protección. Como recordatorio de que el río que se seca no vuelve a llenarse solo porque desees agua, de que las promesas hechas en Puquina no se cumplen en Juliaca, de que su madre tenía razón cuando dijo no seas como tu padre, pero que la advertencia llegó veinte años tarde porque la genética ya estaba escrita y la pobreza ya estaba heredada.

Roxana duerme. O finge dormir tan bien que la diferencia dejó de importar. Espalda hacia él, curva de columna escribiendo mensaje que Artemio lee perfectamente: no quiero hablar más, ya dijimos todo, ahora solo queda hacer lo que dijimos que no íbamos a hacer pero que ambos sabíamos que íbamos a hacer. Artemio se acuesta junto a ella sin tocarla. Tocarla sería romper el pacto silencioso de que esta noche no existe, de que mañana es solo un día normal, de que la decisión ya está tomada y revisarla ahora sería crueldad innecesaria.

No duerme. Cuenta. Cuatro de la madrugada igual a una hora para levantarse sin despertar a Roxana. Cinco de la mañana igual a combi sale Terminal Sur. Ocho de la mañana igual a llega Desaguadero si el tráfico está bien. Nueve de la mañana igual a cruza frontera en bote clandestino. Diez de la mañana igual a compra mercadería en Mercado Rodríguez de La Paz. Cuatro de la tarde igual a regresa a Desaguadero. Cinco de la tarde igual a cruza de vuelta si el policía no revisa. Nueve de la noche igual a llega Juliaca si todo sale bien.

Duración total del primer viaje 16 horas
Horas para convertirse en otro hombre 16 horas
Años que definirá ese viaje 6 años

Afuera, Juliaca tiembla en su clima gélido de cuatro mil metros sobre el nivel del mar —altura que hace que los pulmones trabajen doble, que hace que el corazón lata más fuerte, que hace que cada respiración recuerde que estás viviendo en un lugar donde los humanos no deberían vivir, pero viven de todas formas porque no tienen adónde más ir. Adentro, Artemio tiembla en esa helada de cero opciones, que no viene de la altura sino de la ausencia: ausencia de alternativas, ausencia de futuro que no implique espalda rota, ausencia de esperanza que no requiera cruzar fronteras.

Bolso verde espera en la esquina del cuarto. Vacío todavía. Pero ya pesando. Como si estuviera lleno de todo lo que va a cargar en los próximos años: mercadería que cruzará fronteras, culpa que cruzará la conciencia, futuro que cruzará de posibilidad a condena.

Artemio cierra los ojos. En tres horas empieza. Y cuando empieza, no para. Nunca para. Porque la culebra no perdona. Porque Juliaca no olvida. Porque los pobres no escapan. Solo cambian de jaula.

Y Artemio acaba de elegir la suya.

Juliaca  ·  Cuarto de 3 × 4  ·  Bolso verde vacío que ya pesa
Febrero, año 2000

Continúa
Capítulo 2  ·  La Culebra  ·  Parte I: Hambre
Yape / Plin: 931 177 848  ·  Novelas por un Sol  ·  @quipuandino